Plazas, un buen lugar para los cuerpos

Escribe Julia Pomies

Estamos sentados en círculo, en torno al fogón. Alguien toca la guitarra, algunos cantamos. Otros, un poco más alejados juegan a los dados, conversan. Más allá, una más, lee en su reposera… Alrededor, las carpas. Como en otros tiempos fueron las carretas. Como en otros espacios serán las chozas, los caseríos… En el medio de los compartimentos donde se vive la privacidad se establece un espacio común. No es un patio interno, que sigue siendo privado. Es un espacio de la comunidad, un espacio público. Hemos creado una plaza. Un lugar que no es de nadie y es de todos. Donde los chicos y las chicas corretean y juegan. Los grandes comparten diálogos, tareas, entretenimientos. Es una especie de “adentro” al aire libre. El afuera es más allá. Este es un espacio de encuentro y de intercambio con la seguridad de lo comunitario.

Las plazas primigenias
En biología se afirma que “la ontogénesis repite la filogénesis”. Eso, que suena difícil, puede interpretarse, en una simplificación aproximada, como que: la evolución de cada ser repite la evolución de su especie. Transita un recorrido análogo. La célula germinal que se genera por la unión del óvulo y el espermatozoide es un ser unicelular que irá atravesando sucesivos estadíos en su camino hacia la complejidad: será un cuerpo pluricelular, un gusanito invertebrado, un anfibio vertebrado… hasta convertirse en un bebé humano listo para nacer… Se me ocurre la idea, un poco disparatada, de que nuestras plazas personales recorren un camino similar a las plazas de nuestra especie. Empezando por esos espacios primitivos donde salir del cobijo de la familia, del abrazo materno, de la protección del clan, implicaba un borroso contacto con otros pares –no familiares pero relativamente confiables–, con la tierra, con el olor y el sabor del pasto. Una exploración intensamente corporal que iba sumando sensaciones y sentimientos: frío, calor, amigo, enemigo, alegría, enojo… Evoco las plazas de la primera infancia como un lugar donde era posible moverse con mayor amplitud que en casa, rasparse las rodillas, transpirar, ensuciarse, meter las manos en el barro o la arena, pelear a brazo partido por retener una pelota o un muñeco.
Después vendrían plazas más civilizadas y más abarcativas, con discriminación de conocidos y desconocidos, con ciertas reglas, con boleto para la calesita y prohibido pisar el césped…
Más adelante, aproximándose a la edad de la razón, las plazas se van convirtiendo en lugares donde prolongar las amistades de la escuela, las charlas con las compañeras, las miradas de reojo con el chico de la otra cuadra. (¡Oh, los bancos en la penumbra del atardecer y los primeros besos furtivos!)

Las plazas a medida
Parece haber una plaza para cada etapa vital y para cada momento de la sociedad y la cultura. En el mismo lugar. En la misma hectárea verde, enclavada en el centro del barrio, coexisten la plaza de los infantes en los areneros, la de los intrépidos en sus hamacas voladoras, la de los enamorados que se abrazan en las sombras, la de las mamás que pasean cochecitos con bebés y sonajeros, la de los jóvenes que corren, y los adultos que caminan, y los ancianos que se sientan al sol. Y también la de los artesanos y los feriantes. Y los autoconvocados que reparten volantes y reclaman por sus derechos con altavoces.
¿Y la plaza del fútbol? Pregunta mi compañero al leer los primeros párrafos de lo que voy escribiendo. Claro… para mí no hubo fútbol, apenas miedo al pelotazo. Y ahí discurrimos que cada uno, cada grupo, construye su propia plaza en la plaza de todos, y la construye desde la necesidad, el deseo, la acción preferida; desde lo que el cuerpo le pide al espacio.
Yuxtapuestas, simultáneas, alternadas, sucesivas. Pero siempre ahí. En ese espacio que no es de nadie y es de todos. Y donde el intercambio es siempre cuerpo a cuerpo.
A medida que crecemos, que se expanden los horizontes, las plazas se amplían y hasta se agigantan. Vamos transitando del pulmón verde de la plaza de barrio, hacia la plaza pública del centro de la ciudad. Núcleo urbano, centro cívico enmarcado por la catedral, la casa de gobierno, los ministerios, los bancos… Coronada por el monumento y la fuente. Es el espacio que se transita con la urgencia de los trámites. El que nos demora con sus palomas y pochoclos los domingos. En el que nos instalamos a compartir en multitud la alegría de las celebraciones, o la vehemencia de los reclamos.

Agoras y agorafobias
“Puede que haya habido plazas públicas anteriormente —dice una investigadora peruana, Alexandra Hernández Muro en “La violenta historia de las plazas públicas”(1)— , sin embargo, los antiguos griegos con su ágora, o lugar de encuentro en el centro de sus ciudades, hicieron de esta forma un espacio urbano no solo famoso, sino obligado. Cada plaza pública, en el mundo occidental, y en todo el mundo, ha tenido algo del ágora al respecto. Aquí es donde los comerciantes y filósofos, poetas y políticos se codean.”
Y comenta que a pesar de que el ágora era un lugar especial y, a menudo, enormemente agradable, no nos debe sorprender que de ahí derive la palabra agorafobia, miedo a los lugares públicos. Porque desde entonces y durante siglos, hasta hoy, las plazas públicas han sido también lugares de protesta, violencia e incluso revolución.
Cuando las plazas de las ciudades se hacen muy grandes, pierden el sentido de “abrazar al público”. Plazas como la de Tiananmen en Pekín o la del Zócalo en la Ciudad de México, pueden inducir agorafobia al más valiente.
En los últimos años —observa— muchas de las principales ciudades del mundo invirtieron en la remodelación y recuperación de sus plazas históricas. Y la idea misma de la plaza, se ha puesto de moda. “Plazas deterioradas en los Estados Unidos están cobrando vida de nuevo, como las plazas de Houston y Pittsburgh. Quizás la clave para la popularidad de estas plazas revividas es que son realmente lugares para que la gente se encuentre. Esto puede sonar demasiado obvio, y sin embargo, algunas de las grandes plazas del mundo son sólo cruces gigantes y pistas de carreras para el tránsito. A pesar de las formas en que las ciudades han crecido y se han extendido, sus centros son especialmente importantes. En su corazón está el ágora, el lugar de encuentro democrático: la plaza pública.”

Las plazas sin cuerpo
En un artículo publicado en el diario Página 12, el 26 de febrero de este año, el periodista Washington Uranga hace referencia a las plazas virtuales. En su texto, referido a “Plazas y acción política”(2) diferencia y compara dos ámbitos para la manifestación: “La de las plazas reales y las virtuales. La de los artistas, los comentaristas, las que se reúnen para escuchar a dirigentes políticos, a periodistas o simplemente a dialogar entre iguales. Y las otras plazas similares en sus propósitos, aunque diferentes en lo formal porque congregan en la virtualidad, en redes sociales.”
No se refiere a las convocatorias a traves de la red para concretar encuentros físicos en plazas reales, como ha sucedido con los auto¬convocados de tantas oportunidades en tantos lugares de aquí y del resto del mundo. Sino que contempla, y su mirada es interesante, a esos espacios virtuales que convocan al encuentro en la misma virtualidad.
Pensamos que esos espacios de expresión y debate pueden tener algunas ventajas. Por ejemplo, la posibilidad de reunir participantes tan distantes y diversos, que tal vez no concurrirían a una movilización de carne y hueso. O el hecho de dar tiempo para pensar y escribir cada participación. O la virtud de hacerle espacio a algunos que no se atreverían a pedir la palabra en una asamblea concreta… Pero la ausencia del cuerpo a cuerpo también induce a cierta impunidad. Muchos y muchas proclaman en el espacio virtual lo que nunca se atreverían a decir cara a cara.
Uranga señala que todas estas plazas, las físicas y las virtuales dan cuenta por sí mismas de que hay un grado de politización y de movilización latente en buena parte de la ciudadanía: “Hay necesidad de expresarse, de decir. Algunos pocos dirigentes se asoman a estos espacios. Varios de ellos porque entienden que hay allí un germen de nuevas formas de hacer política. Otros porque sencillamente participan de los mismos desconciertos. (…) Estas “plazas” expresan también nuevas formas de participación, más horizontal, más dialógica. No se niega a los referentes, se los reconoce pero ya no hay reverencias. (…) Las “plazas”, todas ellas, son importantes, valiosas. Sin embargo, hay muchas preguntas que flotan en el ambiente.”
Frente a la recuperación del espacio público como ámbito de expresión Uranga se pregunta ˝cómo y de qué manera estas expresiones se transforman en una acción política que sea capaz de acumular poder hasta convertirse en una palabra que exija ser atendida.” Suscribimos el interrogante.

La plaza como ombligo
Plazas jardín y plazas secas. Confluencia de caminos. Centro vital, casi biológico del barrio, del pueblo, de la ciudad. Pequeños espacios de lo cotidiano, sedes de ferias y mercados, lugares de actividad física (caminatas, gimnasias varias, tai chi, danza…) que prosperan a medida que crece el hacinamiento en las grandes ciudades y los habitantes buscan, sedientos de oxígeno, un poco de aire libre. Gigantescos espacios “emplazados” en el centro de los imperios para desplegar tropas y multitudes que pongan en evidencia su poderío.
Cada plaza en su particular escala, con sus diversas funciones y objetivos, es un ombligo que convoca la presencia de los cuerpos. Y allí vamos, a veces para disfrutar momentos de paz, distensión, euforia compartida… A veces a riesgo de ponernos en situación de ser reprimidos, con más o menos dureza. Exponiendo los cuerpos a los palos, las balas de goma o de las otras, los gases lacrimógenos…
Las plazas cuentan la historia personal, la de los pueblos y los países. Pero de ese recorrido memorioso se ocupa la nota que se inicia aquí al lado, en esta misma página.

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Notas:
(1) https://sophimania.pe/sociedad-y-cultura/sociologia-y-antropologia/la-violenta-historia-de-las-plazas-publicas/
(2) http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-292813-2016-02-19.html

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*Julia Pomiés es periodista, directora de Kiné; Lic. Artes del Movimiento (UNA); Prof. de Expresión Corporal; Coordinadora de Recursos Expresivos; docente de la Universidad Nacional del Arte (UNA), Departamento de Artes del Movimiento. E-mail: [email protected] Informe revista Kine Nº121 (abril 2016).

 

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