“Se les quedó”

¿Dónde está Santiago Maldonado?

por Rafael Gómez

La frase fue dicha por un escritor y periodista controvertido, defensor del neoliberalismo en la década del 90 y catalogado como peronista de derecha. La frase fue dicha varias veces en televisión, se generó en un canal que apoya claramente al Gobierno, en un programa conducido por un periodista rubio y condescendiente, parecido de aspecto al joven teniente Alfredo Astiz. La frase fue dicha desde un absoluto, con peso profético, en respuesta a la reiterada pregunta que conmueve a los argentinos.
¿Dónde está Santiago Maldonado? “Se les quedó”, revela histriónico el periodista controvertido que tiene aspecto de Omar Sharif. ¿A quiénes se les quedó? A ellos, a la Gendarmería. Tengo dos fuentes en el Sur, le dice Sharif a Astiz mostrándole el celular, como si el celular fuera una tablilla sagrada, algo irrefutable. Astiz lo mira perplejo. Hay una nueva pregunta inducida a los televidentes: ¿Quiénes son esas fuentes? Son los gendarmes, se responde el televidente, no queda otra. Los gendarmes rompieron el pacto de silencio y le dijeron al histriónico Omar: “Se nos quedó”.
Más allá de considerar la certeza del dicho, cabe analizar el mensaje. Alude claramente a una emergencia médica o una operación quirúrgica. “Tratamos de salvar al paciente, reanimarlo, pero no pudimos, se nos quedó”. La idea que subyace es la del cuerpo enfermo que trata de ser salvado. Maldonado es hippie, vagabundo, pelilargo, activista de la causa Mapuche. Un enfermo. El mensaje no dice nos equivocamos, le pegamos demasiado, dice se nos quedó. La gendarmería actúa, según la frase, como un equipo médico que hace operaciones para salvar a los cuerpos, y por la salud del gran cuerpo social. A veces los cuerpos son operados con eficacia y vuelven al orden social, y a veces se nos quedan. Son cosas que pasan, accidentes, nos está diciendo entre líneas Sharif, “se les quedó”. ¿Y se les quedaron muchos más y no estamos enterados? ¿Cómo se resuelve la ansiedad del televidente en el canal controlado por el Gobierno? No hay de qué preocuparse, le dicen subliminalmente Astiz y Sharif, el Gobierno seguirá manteniendo el orden y sus objetivos, esto ha sido solamente un episodio aislado, un accidente lamentable pero que no torcerá el rumbo. El Gobierno mantiene el control. Esto quiere decir, considerando la ansiedad del televidente abrumado por el caso -y usando la misma metáfora médica-, que Astiz y Sharif no son en realidad periodistas sino un par de enfermeros encargados de anestesiar al televidente. Son parte del sistema de control. Y están preparando al espectador para una eventual aparición del cuerpo sin vida de Santiago Maldonado. Pero además, la anestesia obnubila los sentidos, apaga señales, no cuestiona el orden.
Tras la metáfora de los cuerpos enfermos y del cuerpo social, subyace la idea del orden como generador de salud. Pero no se dice cuál es ese orden, de dónde viene y cómo se ejerce.

¿Hay un orden natural que determina la salud del cuerpo social?

Ciertamente, no. El orden es pergeñado por los gobiernos, según determinados intereses. Y la imagen de la salud anatómica social es decimonónica. Para este Gobierno, y en este caso, el orden indica priorizar los intereses de las corporaciones, de Benetton y Lewis, frente a las necesidades del pueblo originario Mapuche. Esto se extiende a priorizar los intereses de otras corporaciones en la provincia de Santiago del Estero frente al Mocase, en Chaco y Formosa frente a los wichis, también en Salta y Jujuy. Pero la cuestión no acaba en los pueblos originarios. El orden de este Gobierno prioriza los intereses de las corporaciones y los terratenientes frente al bienestar de la mayoría de la población. Prueba de esto son las exenciones de impuestos al campo y las mineras, la flexibilización laboral, la reducción del gasto público, y los tarifazos de los servicios, que aumentan las ganancias de las corporaciones de energía y afines.[1] Este orden, vinculado erróneamente -a través de los grandes medios- a la salud del cuerpo social, es el que intenta naturalizar o imponer el Gobierno.

Hasta dónde llegar

Queda dicho que el orden no es natural, pero tampoco consensuado. Ninguna de las medidas mencionadas arriba fue anunciada en la campaña electoral. Los medios de comunicación masiva afines al Gobierno tratan de naturalizar este orden, machacando del mil formas en la conciencia de la gente para que lo acepte e incorpore en su vida, como si hubiera estado desde siempre, dando a entender que es así cómo funcionan y han funcionado desde siempre las cosas (Resulta curioso este mensaje cuando el eslogan de campaña fue: Cambiemos). Poniendo solamente un ejemplo: la voz de un alto funcionario se viraliza en los medios sosteniendo que no es natural que un empleado de ingresos medios tenga un auto 0 km., tenga equipo de aire acondicionado y pueda viajar al Exterior. El argumento se repite de una y mil formas. Hay que aceptar la baja de los salarios, el aumento de los precios, la pobreza de la gente y la ganancia formidable de las corporaciones, porque ese es el orden natural de las cosas.
¿Y si no se acepta? Porque aunque el poder mediático ya ha descerebrado a muchos y hay demasiada gente apta para hacerle creer cualquier cosa, también hay un límite. Muchos no aceptan el orden (Entre ellos, los mapuches y los hippies). ¿Qué pasa entonces? El Gobierno decide imponerlo, para eso fue elegido (reflexiona), aunque en realidad sabe que no, que fue elegido por marketing político. La democracia requiere libertad, no manipulación mediática. El Gobierno está formado por ceos. Y para los ceos la democracia desaparece cuando toca los intereses de las corporaciones, es una forma vacía. Queda entonces, la imposición del orden por la fuerza: la represión de la protesta.

Cuando se naturaliza la represión

Si no puede naturalizarse el orden, se naturaliza la represión y la tortura. Y este es el comienzo del terror, usado como forma de disciplinar a la población cuando se avanza contra sus propios intereses.
Al cumplirse un mes de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, una enorme marcha pacífica estimada en 250.000 personas llega a Plaza de Mayo para pedir la aparición con vida de Maldonado y la separación del cargo de la ministra de Seguridad Patricia Bullrich por encubrir a la Gendarmería, sembrar pistas falsas y obstaculizar la investigación. La respuesta es la represión. Al promediar el acto un grupo de infiltrados hace desmanes y provoca a la Policía, que reacciona reprimiendo. Pero no reprime a los infiltrados sino a los que fueron a reclamar por Maldonado, a los que no han hecho nada. Y se los lleva en camiones -como la Gendarmería hizo con Maldonado- y los golpea, los encierra, los ata, los desnuda, los incomunica por más de dos días.

La TV interpreta

En la siguiente entrega del programa animado por Sharif y Astiz se produce un cambio de contenido. La Gendarmería habría torturado a Santiago Maldonado. No sólo que lo apresó sino que lo desnudó y golpeó a 10 ºC bajo cero. ¿Entonces lo mató?, pregunta Astiz. No todos aguantan una golpiza a esa temperatura, explica minucioso Sharif. Se les fue la mano, fueron desprolijos, improvisados. Se les quedó, dice ante el asombro impostado de Astiz, que intenta orientar con sus gestos la reacción del televidente. ¡Pero no hubo encubrimiento!, dice el histriónico Sharif dirigiéndose a la cámara. No hubo encubrimiento, repite con aplomo sacándose los anteojos. El mensaje tiene dos contenidos. Primero: exculpar a la ministra Bullrich y al Gobierno por la desaparición forzada de Santiago Maldonado. Resulta evidente que Sharif intenta proteger al Gobierno. Pero no lo consigue, salvo por la ignorancia o un razonamiento errado. ¿Debe creer el televidente que la Gendarmería actuó por cuenta propia? ¿Que tiene una hostilidad en particular con los mapuches y por eso los persigue, los tortura y quema sus casas? Además está probado que Noceti, el lugarteniente de Bullrich, dirigió el operativo. Y se sabe que el conflicto ocurre por la posesión de la tierra, entre los mapuches y las corporaciones; se sabe que Gendarmería tiene un puesto en las tierras de Benetton; y se sabe que el presidente Macri veraneó en la estancia del magnate Lewis, que reconoció su amistad y lo ponderó como empresario extranjero que invierte en el país.
Segundo contenido del programa Sharif-Astiz. La imposición del orden “social” y naturalizar la represión. La Gendarmería recibe (el orden) la orden de reprimir desde el Ministerio de Seguridad, también la Policía en el caso de Plaza de Mayo. No puede negarse esto. Sharif habla de excesos y desprolijidades, pero describe minuciosamente la tortura. Hay una clara advertencia para contener la protesta social (también en el caso de la represión urdida en Plaza de Mayo). Sharif le dice entrelíneas al televidente que, aunque el Gobierno no encubre (ni manda infiltrar las marchas, le faltó decir) y lamenta los apremios y molestias causados, la represión ya está aquí. Y si el televidente protesta, cuestiona o resiste el orden, el televidente puede acabar molesto, torturado o muerto.
Se trata de un mensaje de terror. Como aquel que decía: “El silencio es salud”.


[1] Benetton y Lewis son un claro ejemplo. Se trata de dos corporaciones terratenientes que operan en el negocio de la energía y que ocupan tierras vinculadas desde tiempos ancestrales a los mapuches.

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