LA BATALLA DE LA 9 DE JULIO

La instalación del Metrobús genera prácticas y representaciones en conflicto en relación a las definiciones de espacio público, identidad y progreso.

por Cristina Sottile[1]
Cs. Antropológicas, FFyL, UBA
Observatorio de Patrimonio y Políticas Urbanas
[email protected]

Olvido y fragmentación social

El conflicto entablado por la instalación del denominado Metrobús sobre la avenida 9 de Julio (CABA, 2013) pone en juego: en primer lugar, definiciones de progreso y modernidad en relación al espacio público y su uso; en segundo lugar, la producción de acciones de resistencia ciudadana debido a que la modificación del paisaje urbano se percibe como una pérdida identitaria personal, urbana e histórica. Y muestra además la adscripción del Estado municipal a políticas relacionadas con una idea decimonónica del progreso, que son puestas en evidencia a través de sus obras, pero no tanto por lo que se construye sino por lo que se destruye, invisibiliza o desaparece en el transcurso de las mismas.

Tales prácticas forman parte de una ideología y una política de Estado que, a través de la modificación inconsulta del ambiente urbano, con sus consecuencias performativas y disciplinadoras, tiene el propósito no explícito de instalar el olvido histórico y la fragmentación social como facilitadores de acciones de mercado en el espacio público.

Al tratar de cuantificar el grado de autoritarismo[2] ejercido por el proyecto y la obra, y por las políticas de Estado que producen tales obras, se encuentran tres indicadores: 1) el estructural, que tiene en cuenta tipo de modificaciones: qué es lo que se reemplaza, y por qué tipo de construcciones es reemplazado; 2) el participativo, que considera la concurrencia por la obra de instituciones y ciudadanos, que acuden independientemente a audiencias públicas o reuniones institucionales o en la vía pública; 3) el indicador objetivo, que contrasta el discurso público destinado a promocionar la obra, con la realidad instalada y lo efectos producidos, focalizando en los efectos de fragmentación y tendencia al aumento de control y disciplinamiento social, para saber si existe coincidencia o disociación entre los mismos.

Espacio Público y “Progreso”

El entrecomillado de la palabra progreso apela a poner en duda el modelo de progreso puesto en juego en el momento de presentar en la CABA la mega obra denominada “Metrobús”, sobre el trazado de la Avenida 9 de Julio. Lo mismo vale para el entrecomillado aplicado a la palabra Metrobús.

El espacio público, llamado así por oposición al espacio privado, es el transitado colectivamente, el construido y definido colectivamente, y es el hábitat ecológico y cultural en que nos movemos los seres humanos. Maurice Hallbwachs, el sociólogo francés que escribió La Memoria Colectiva, enuncia que “nuestras imágenes del mundo exterior son inseparables de nuestra propia persona”; así como para el resto de los seres vivos, la integración con su hábitat natural es imprescindible para la vida.

La transformación del espacio público, que es un espacio dinámico y cambiante, puede ser producida por el transitar y el habitar de quienes lo perciben como lugar propio, o puede ser modificado mediante políticas de Estado que introducen modificaciones en el paisaje urbano, alterando los hitos de reconocimiento del espacio y la familiaridad con el mismo. Estas alteraciones, en caso de ser drásticas, operan sobre el colectivo humano a la manera de las catástrofes naturales, que introducen cambios masivos no elegidos y alienan a los habitantes de los lugares familiares. Pero en el caso de las catástrofes naturales, se trata de destrucción debida a fuerzas que escapan al control y aun a la prevención, cabe la reconstrucción. En el caso de las políticas urbanas, cuando el cambio es impuesto y aplicado a algún bien preciado para los habitantes de la Ciudad, también se percibe como destrucción, pero raramente puede revertirse, y se instala entonces la sensación de ajenidad, de expoliación de bienes materiales y simbólicos, y aun de violencia institucional.

Cuando sucede un cambio de esta naturaleza se insertan los llamados “no lugares”, definidos así por el antropólogo Marc Augé, huecos en la geografía cotidiana: lugares que si bien son transitados por muchas personas, no tienen identidad ni pertenencia.

En el caso que nos ocupa, se trata de la intervención y destrucción del paisaje urbano sobre la avenida 9 de Julio, que atraviesa de sur a norte la Ciudad de Buenos Aires (CABA), por iniciativa de la gestión PRO. Esta Avenida es un paisaje emblemático de Buenos Aires: en el cruce con la avenida Corrientes, se encuentra el Obelisco, construcción representativa de la Ciudad y, por extensión, de la Argentina toda (hay que recordar que la CABA es la capital de la Argentina, por lo tanto sus bienes materiales y simbólicos pertenecen a todos los argentinos). Dicho paisaje fue objeto de una programada intervención con el fin de instalar el llamado Metrobús, que en realidad consistió en concentrar en los carriles centrales de la Avenida a todas las líneas de colectivos que circulaban por las calles laterales.

Interesa dejar asentado que la obra es presentada por la gestión PRO en un año electoral, como parte del “progreso”, desde una idea reduccionista del mismo, porque la instalación de más infraestructura, la concentración de vehículos y la abundancia de señales y artefactos urbanos disciplinando la circulación vehicular y peatonal es lo que se exhibe como progreso, cuando es en realidad privilegiar la velocidad del tránsito vehicular sobre los usos y costumbres de los vecinos en el lugar.

La avenida 9 de Julio es históricamente punto de encuentro de manifestaciones populares, fiestas públicas masivas tales como la del Bicentenario, lugar de reunión en fechas políticas y patrióticas, escenario de desfiles, performances, exposiciones y recreo. Y es la gran vía que une la estación Constitución con las estaciones de tren de la zona norte de la Ciudad. Debajo de la Avenida corre la línea C de subterráneos, cuya terminal sur es la estación ferroviaria Constitución y cuya terminal norte es la estación ferroviaria Retiro.

Por otra parte, en algunas metodologías de la gestión macrista en la CABA suele prevalecer la articulación con el mercado y sus normas. Aun en controversia con la gestión estatal democrática y representativa que garantiza la Constitución de la CABA, y que (entre otras cosas) prioriza derechos colectivos por sobre los privados.

Inicio de la Batalla

A principios de Febrero de 2013 quienes transitaban por las dos filas de plazoletas centrales de la Avenida 9 de Julio vieron la poda masiva de árboles, en su mayoría jacarandás y palos borrachos florecidos. Es sabido que los árboles no se podan en primavera ni verano. Tampoco vieron ningún aviso de obra. Aviso que es obligatorio, donde debe constar costo y duración de los trabajos, cuáles son los objetivos, la dirección de la obra, las empresas intervinientes y ministerios a cargo de la misma. Tampoco hubo noticias acerca de lo que estaba sucediendo, salvo de una audiencia en noviembre (no vinculante) de la que no trascendieron resultados. Los trabajadores involucrados, pertenecientes a empresas tercerizadas para hacer trabajos por cuenta del Estado municipal, no sólo no supieron dar cuenta de lo que estaba sucediendo, ya que para ellos se trataba de “cumplir órdenes” (sic), sino que tampoco sabían a qué estamento estatal respondían las acciones que llevaban adelante. Hasta este punto, y con el contexto descripto, bien podrían encuadrarse los hechos en vandalismo sobre el arbolado urbano, acción penada por la Ley. Se trata de la poda, trasplante o destrucción de 277 árboles, pertenecientes a las plazoletas centrales de la avenida 9 de Julio.[3]

El 11 de febrero, con la mayor parte de la arboleda desmantelada, y los árboles restantes apuntalados, presuntamente para ser extraídos, se convoca a una primera manifestación pública con el objeto de pedir información, promover la protección del arbolado público de la zona, y tratar de impedir por vía judicial el avance de la construcción del Metrobús. Ya se sabía, a esta altura, que el  proyecto no había pasado por la Legislatura, como se exige para obras de esta envergadura. Se había realizado una audiencia pública en el Teatro Alvear en noviembre de 2012. Que en realidad no fue de participación abierta ni pública, como está estipulado en la constitución de la CABA para las leyes de doble lectura -porque para asistir debía realizarse una inscripción previa y luego esperar la confirmación-, y tampoco tenía carácter vinculante.

No prosperó la vía judicial ni se obtuvo respuesta de los varios pedidos de informes cursados desde la Comuna y desde instituciones vecinales al Ministerio de Planeamiento y Obras Públicas, dirigidas a las personas del Ing. Daniel Chaín y el Sr. Héctor Antonio Lostri, Subsecretario de Planeamiento. Tampoco hubo respuesta del Ministerio de Cultura, donde se recurrió alegando razones de derecho colectivo acerca del paisaje urbano y el patrimonio cultural e histórico de la CABA. Hay que reiterar que no es un Metrobús lo que se instaló en el lugar, sino que consiste en la construcción de carriles exclusivos para colectivos, que ni siquiera llegan a las dos terminales ferroviarias. El recorrido se extiende entre la avenida San Juan y la calle Arroyo, a lo largo de aproximadamente 30 cuadras. Y será luego necesaria la construcción de dos túneles (obra accesoria) para lograr la conexión entre las terminales. Además, no es un transporte de media distancia, agranda la distancia entre paradas, y deja sin circulación de transporte público a las calles paralelas a la avenida 9 de Julio.

La obra fue precaria. El lunes 4 de marzo, una tunelera de la empresa contratista -que maniobraba sin planos- perforó un caño maestro de gas en la intersección de la avenida 9 de Julio y Alsina. La zona se aisló. El tránsito se desvió hacia las calles aledañas.  Y la Ciudad se convirtió en un caos. Más de tres días se tardó arreglar la avería. Los vecinos vivieron ese tiempo al borde del pánico, no sólo por la destrucción simbólica sino también por la eventual destrucción física.[4]

Resistencia ciudadana

Varias de las instituciones que participaron en la larga serie de reuniones, movilizaciones, presentaciones en la Legislatura y en los Tribunales, pertenecen a un amplio espectro socio-cultural y político, y muchas veces están enfrentadas en lo relativo a otras cuestiones del quehacer social.[5] Fue interesante la confluencia de acciones, que sucedió no sin conflictos internos y disidencias en cuanto a metodologías, pero no respecto a los objetivos.

Más allá de las prácticas utilizadas para visibilizar el conflicto, y pedir la detención de la obra, la reconsideración, su tratamiento legislativo, y presentar recursos de amparo a la Justicia,[6] se realizaron contrapropuestas provenientes de docentes de la FADU (Facultad de Arquitectura y Urbanismo, UBA) que, sin negar la colocación de una instalación como la que se proponía, lo hacían sin restringir espacios verdes, sin eliminación de árboles, y sin concentrar en la parte media de la Avenida el mayor caudal de tráfico vehicular público, porque se veía como inconvenientes la concentración de gases, la isla de calor y la superficie impermeable en una ciudad con tendencia a la inundación en sus zonas bajas.

Otra contrapropuesta fue dejar la Avenida intacta, y que los colectivos recorrieran las primeras calles adyacentes, sin destruir arboleda, ni plazoletas, ni paisaje, y aplicar los fondos públicos a reforzar la línea C de Subterráneos, que sí une las dos estaciones ferroviarias. Esto, que implicaba solamente aumentar la frecuencia y la cantidad de coches por servicio, hubiera comportado un costo mucho menor, se hubiesen aplicado recursos públicos a un medio de transporte no contaminante, y se hubiese cumplido efectivamente con la intención de acortar los tiempos de viaje entre dichas estaciones, sin afectar el paisaje de la Avenida 9 de Julio.

Estas propuestas, que nunca fueron consideradas, dejan constancia de que la voluntad negociadora del colectivo porteño movilizado no se manifestó exclusivamente por la negativa cerrada.

Hubo el aporte de peritos en arqueología urbana, que dejaron constancia en la redacción de uno de los recursos de amparo, de la necesidad de preservar la zona, por lo menos hasta que fuera relevada. Esto sucedió luego de que se encontraran distintos objetos antiguos en las excavaciones realizadas en las plazoletas.

El uso de las redes sociales para la comunicación y para la programación de eventos contribuyó a la comunicación interna y a la recepción de los aportes provenientes de distintas disciplinas.[7] En las reuniones de información y planeamiento participaron arquitectos, biólogos, ingenieros agrónomos, sociólogos, antropólogos y abogados, además de los representantes de instituciones vecinales, sobre todo de los vecinos de la Comuna 1, donde se realizó la obra, que decían con lágrimas en los ojos haber visto caer los árboles bajo los cuales solían pasear de jóvenes o que les alegraban la vida en primavera. El foco de la negativa ante esta modificación abrupta del paisaje urbano, se empezó a percibir como ligada a lo identitario, a lo que si bien es público, se percibe como propio, porque está relacionado a muchos aspectos de la vida de las personas.

La obra se inauguró el 24 de julio de 2013, cinco meses después de haber sido iniciada, cuando ya los recursos de amparo no tenían razón de ser porque había desaparecido el objeto del amparo. En ningún momento se suspendió, por las premuras del año electoral y la conveniencia de instalar alguna obra visible. Le hacía falta al Gobierno. En la Ciudad, durante seis años de gestión macrista sólo se habían ampliado las redes subterráneas en 450 metros, y esto en base a estaciones programadas en la gestión anterior.

Conclusión

Menciona Paul Virilio, teórico cultural y urbanista, a raíz de destrucciones como la de las Twin Towers, que no sólo se destruye el objeto, sino que en el mismo acto se destruye la imagen del sujeto. Y esto no es inocente, responde a una intencionalidad no expresada, pero percibida por quienes sufren la expropiación de parte de su historia. Jorge Jinkis, psicoanalista argentino, en su libro Violencia de la Memoria, asocia ciertas políticas instaladas en la Dictadura con políticas autoritarias de derecha, que con el objeto de imponer una versión de la Historia desprestigian o eliminan las versiones de los testigos.[8] Jinkis dice que esto tiene su correlato en el ámbito en el que dichos testigos se referencian. Cita también a Cicerón para decir que el recuerdo está vinculado a los lugares, y que existe una relación para este filósofo romano entre el orden de los lugares y el orden de las cosas.

Así, La Batalla de la 9 de Julio no es sólo un conflicto político coyuntural y una controversia acerca del planeamiento urbano, sino que remite a capas más profundas, construidas colectiva e históricamente por los que viven y transitan la ciudad de Buenos Aires.

No es ya el tema principal el aspecto del paisaje, o los árboles, o los colectivos: se trata de la propiedad del espacio público y el derecho a decidir sobre el mismo.

Aparecen entonces dos grandes actores: el Estado municipal, que en este caso no atravesó las instancias legislativas (probablemente sospechando el rechazo, en vista de lo sucedido), y el Colectivo diverso porteño, que si bien no alcanzó a detener la obra, tenía ese propósito.

Esta Batalla se da en el campo simbólico, un campo en el que las distintas adjudicaciones de sentido, representaciones puestas en juego, intereses y valores, producen el hecho social que hemos descripto.[9] Un campo en el que los dos grandes actores visibilizados, debido a la posición con respecto a cierta obra pública, ponen en juego representaciones y valores que operan más allá de la temática en cuestión.

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[1] Ponencia presentada por la autora en la XI Reunión de Antropología del Mercosur, Montevideo, entre el 30 de Noviembre y 4 de Diciembre de 2015, en el GT29: “Las ciudades en sus complejidades espacio-temporales, retos de la antropologia desde el sur / As cidades em suas complexidades espaço-temporais, desafios para uma antropologia desde o sul.
[2] En el contexto globalizado contemporáneo, el autoritarismo de que se habla está vinculado a políticas de mercado que condicionan a nivel global cuestiones tales como el precio de la tierra, el valor de los inmuebles, las condiciones turísticas potenciales de ciudades o regiones, incidiendo sobre la vida de sus habitantes en los aspectos culturales, económicos y ecológicos. (N. de la A.)
[3] Dato tomado de la nota de Periódico VAS Nº 51 El Metrobús o el Metrovoto Porteño, marzo de 2013.
http://www.periodicovas.com/el-metrobus-o-el-metrovoto-porteno/
[4]  Datos sobre incidentes en la construcción del Metrobús en:
http://www.periodicovas.com/el-metrobus-o-el-metrovoto-porteno/
http://www.periodicovas.com/pedido-de-informes-sobre-obras-del-metrobus-9-de-julio/
http://www.periodicovas.com/a-medio-construir-arranco-el-metrobus-9-de-julio/
[5] Puede mencionarse, entre las instituciones más conocidas: PROPAMBA, Basta de Demoler, Queremos Buenos Aires, el Observatorio de Patrimonio y Políticas Urbanas, agrupaciones ecologistas, agrupaciones políticas de izquierda en sus varias modalidades, agrupaciones políticas pertenecientes al Frente para la Victoria, representantes de Consejos Consultivos de varias comunas, comuneros, legisladores y personas no encuadradas institucionalmente, pero que se sintieron convocadas por la temática. Participaron también representantes de la FADU (Facultad de Arquitectura y Urbanismo, UBA) y grupos de estudiantes de la UBA provenientes de otras facultades.
[6] El proceso de extracción de los árboles fue iniciado antes de haberse adjudicado la obra, y antes de que la misma fuera publicada en el Boletín Oficial de la CABA, requisito imprescindible para que cualquier acto administrativo tenga validez.
[7] Existen algunos sitios de Facebook que dan cuenta de lo sucedido: No al Metrobus en la 9 de Julio, Para que la 9 de Julio sea declarada Patrimonio Histórico Nacional, Red por el Patrimonio, además de los sitios institucionales de los participantes.
[8] “Si quien controla el pasado, controla el futuro, ¿quién controla el presente, controla el pasado?”, reflexiona Orwell en 1984. (N. del E.)
[9] El hecho social al que aludimos es esta concertación institucional-vecinal multidisciplinaria, que no proviene de la programación de un solo sector político de la CABA, antes bien, se intentan deponer diferencias ante un objetivo común: la negativa a la destrucción de un espacio público de la Ciudad que tiene para cada integrante de este colectivo un alto valor simbólico.

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