Relatos Indómitos
La mamá de Tita
por Marta García
Al principio no hacía cosas que hace una órbita, pero fue aprendiendo. Su nombre tampoco era el de una órbita: Tita. Cuando cumplió quince años en aquel mundo con comportamiento de barrio pendenciero, nosotras éramos demasiado chiquitas como para entenderlo. Los meteoritos del barrio se unieron en esquinas patoteras y aprendieron a ser insoportables, sobre todo con ella. Pero Tita tenía una mamá tan luminosa como Alfa Centauro y los encandilaba. Armada con una bomba neutrónica con melena de escoba, los corría sin olvido ni perdón. Era una fuerza gravitatoria colosal para esa adolescente; su órbita púber aprendió cómo defenderse de todo elemento que la tocara y sin necesidad de detonar una escoba. Al fin de cuentas, solo eran escombros de cometas y asteroides flotando en pensamientos malos. Cuando los comentarios repulsivos pasaron a manos pegajosas, pasó lo que tenía que pasar. Al primer roce los convirtió en estrellas fugaces y hasta la náusea huyó despavorida. Tita ya tenía una órbita pulverizante. En esa época, de alguna manera, nuestros cinco años aprendieron siglos sobre el espacio exterior, el interior, el común y el personal, gracias a Tita. Pero cuando vemos a las Titas que no sobrevivieron en un mundo tan pendenciero como nuestro barrio ni tuvieron la oportunidad de convertir la chatarra agresora en estrellas fugaces, la que primero aparece en nuestra memoria es su mamá. Sobre todo hoy, en un planeta que no es gaseoso, tampoco sólido. Un planeta que se quedó sin estado. Un abrazo de todas nosotras, mamá de Tita, donde quiera que estés desintegrando meteoritos.
Foto: Kees Scherer
