Abuelas: “35 Años de no bajar los brazos”

por Liliana Valle

Raquel Radío de Marizcurrena y Delia Giovanola de Califano son dos de las   fundadoras de Abuelas de Plaza de Mayo que hoy trabajan en la entidad con la misma energía que hace 35 años por los casi cuatrocientos nietos que fueron arrancados de sus familias por la dictadura cívico-militar. “Haydee (Vallino) también es una de las que creó Abuelas, pero cuando hace frío no viene porque le hace mal”, explican Raquel y Delia. Las abuelas tal vez no coinciden en el día exacto en que se conocieron; si fue en la Plaza de Mayo o en alguna comisaría o juzgado, pero de lo que están plenamente seguras es que el dolor que las unió lo pudieron transformar en lucha por conocer la verdad, y en amor a los 107 nietos restituidos.

 “Cada vez que recuperamos a un nieto, es como si fuera el nuestro. Cuando vienen nos abrazan, nos besan. Con gestos o con palabras, nos demuestran su amor”, dijeron casi a dúo.

Raquel tiene 86 años y como prosecretaria de Abuelas, llega con su remis desde Villa Martelli todos los días para encargarse de la lectura y el recorte de los diarios, además de “preparar todo para cuando vienen los nietos o se hace alguna actividad”.

“Vengo todos los días del año, salvo entre el 22 de diciembre y hasta el 7 de enero, que la casa de Abuelas está cerrada”, aclaró.

Durante la charla repasan parte de su historia personal atravesada por el dolor multiplicado que las convierte en “fundadoras de madres y también de abuelas”.

 “A mi hijo lo llevaron el día que cumplía 24 años… ahora tendría 60, y eso quiere decir que estuvo más años desaparecido que conmigo”, remarcó Raquel negando con la cabeza.

Habló sobre el 11 de octubre de 1976, día en que en la casa de Raquel la familia festejaba el cumpleaños de Andrés, y luego de cenar y cortar la torta, el timbre sonó anunciando a seis policías que ingresaron “buscando libros” y se llevaron a Andrés y a su esposa Liliana Caimi, embarazada de cuatro meses, con la promesa de que “en dos horas los traemos de vuelta”.

En abril del año siguiente, Raquel, Delia y 12 madres más fundaron Madres de Plaza de Mayo y unos meses después, junto a 11 abuelas, parieron Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos, el primer nombre elegido.

Sobre la época del terrorismo de Estado, Delia afirmó que “sufrimos la indiferencia de la sociedad, pero eso era lógico… A mí también cuando mi hijo me decía que se habían llevado a algún amigo o conocido de su grupo, yo cerraba el diálogo diciendo `por algo será`”.

  Ambas recordaron también la represión oficial, con cárcel, corridas y gases incluidos, pero rescataron que “desde lo más profundo siempre sacamos fuerzas para no bajar los brazos”, a pesar de los momentos de mayor dolor, como el que recordó Delia cuando el año pasado su nieta Virginia decidió quitarse la vida.

Con la recuperación de la democracia, en 1983, Delia creyó recuperar también a su nieto, que según testimonios de sobrevivientes iba a llevar el nombre de Martín, pero el intento solitario y desesperado fracasó para ella.

 “Fui a la escuela donde estudiaba y la directora me permitió verlo, pero no tenía ningún parecido por la información que yo tenía”, contó.

Sin embargo, ese niño años después resultó ser Sebastián José Casado Tasca, un nieto que recuperó su identidad y que el año pasado visitó a Delia en su casa para reconstruir esa parte de su historia apropiada.

En cambio, Raquel estaba segura de que su nieto era Felipe Noble Herrera, el hijo adoptado por la directora del grupo Clarín, por una fotografía tomada durante su comunión en el que el parecido con su marido era “terrible”.

“Pero no hay que dejarse llevar por esas apariencias, porque después una sufre mucho”, reconoció ante el resultado de los análisis genéticos.

Raquel no declaró en ningún juicio después de la reapertura de las causas de violaciones a los derechos humanos y explicó que no lo hace “por miedo” a que su corazón la venza.

Tampoco piensa participar del gran festejo que se hará el lunes en el teatro ND Ateneo para celebrar los 35 años de la institución.

 “Sé que no lo voy a soportar, mi corazón está muy grande y no me siento con fuerzas para esos momentos tan emotivos”, se disculpó.

En cambio, Delia pudo superar el enorme dolor de la pérdida de su nieta ocurrida el año pasado y decidió, con sus 81 años y su marido enfermo, “volver de a poco y venir todos los martes”.

Así, dio su testimonio en el juicio por el plan sistemático de apropiación de menores nacidos en la ex ESMA y vivió la sentencia que condenó, entre otros, al dictador Jorge Rafael Videla a 50 años de prisión.

“Viví con mucha euforia ese día y también lloré mucho porque hubiera querido compartir ese momento con Virginia”, lamentó.

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