Crónicas VAStardas

Las geopolíticas de tu corazón

por Gustavo Zanella

Son épocas en las que o bien uno se cansa de ser hombre, como decía Neruda en un poema, o bien se frota las manos porque corren buenos tiempos para la gente marchosa, como decía Serrat.
El problema es que ni Serrat ni Neruda vivieron en un mundo tan, pero tan pedorro como este. No es que el pasado haya sido mejor, ni que la diferencia entre el bien y el mal hubiese estado antes más clara que ahora. Nada de eso. Lo que pasa es que quienes ya encontramos canas en el impostor escondido tras el espejo también tenemos una memoria que nos permite predecir ciertas cosas, aunque ninguna sea buena. Cuando uno les dice a los chicos que no metan el cuchillo en el enchufe, no lo hace por producto de la lógica aristotélica tardo-medieval sino por haber hecho lo mismo en sus años mozos con consecuencias más o menos desagradables. Entonces no queda más que sentir ese aire de “esto ya pasó y no terminó bien” cuando un grupete de trabajadores precarizados venezolanos se ponen a saltar festejando en la esquina de Pueyrredón y Las Heras en Buenos Aires porque los gringos secuestraron a su dictador. Y no se dan cuenta de que les pusieron otro, que dejaron en pie la dictadura. La felicidad es así, poco dada a los detalles.

Los pibes se abrazan, saltan, cantan su himno. Unos hacen una vaquita y entran corriendo al mismo lugar donde van a buscar la mercadería que reparten y salen con un pack de cervezas, de esas baratas que se dicen dinamarquesas, pero que en realidad hacen una fábricucha que explota a sus empleados en Florencio Varela. Entonces, una vieja teñida de rubia, con ganas de sentirse protagonista, sale de un edificio de la cuadra y se acerca a los muchachos. Usa unas gafas oscuras sesenteras, gigantes y de carey. Tiene en la mano una bandera venezolana recién impresa en una hoja A4, que del otro lado tiene una factura de Edenor. Se mete de prepo en el amuchamiento. Los pibes se miran, no entienden si es una joda, si está loca o falopeada. Los pibes le sonríen por respeto, pero no la suman a la charla ni al festejo. La vieja, a falta de olla, bajó un wok y le pega con un peine para gatos. Cuando corta el semáforo, y como ve que no le van a dar pelota, se va hasta la mitad de la avenida y salta mientras le pega al wok y blande al mismo tiempo la banderita de papel. Hace un bailecito de felicidad que da vergüenza ajena, no de la ideológica (que también da), sino de la estética. Tiene un aire a una Lilia Lemoine de la tercera edad, así de buena y así de tronada. Sus sandalias Crocs tienen los colores de la bandera de Estados Unidos.

Un mendigo que suele pernoctar bajo el monumento a Guillermo Rawson, que está a unos metros, y que a veces dice ser excombatiente de Malvinas, le mira los pies con bronca y niega con la cabeza mientras habla consigo mismo o con sus delirios. Da igual. Hay días en los que dice haber sido abogado, cantor de tangos y plomero. Como el semáforo es larguero, se me acerca y me tira un mangazo de puchos. No le doy, pero más que puchos, quería hablar, así que aprovecha y me cuenta que la vieja está cucú, pero que no es peligrosa. Que en su mismo edificio —apunta con el dedo— vive un pibito, hijo de un fiscal, que toma mucha merca; y ese sí es un peligro para cualquiera, porque se estroló contra el barandal de la plaza Emilio Mitre con una camioneta de la fiscalía y nadie dijo ni mu.

—Vicio feo. —Agrega, mientras hace el gesto típico del adicto con una naturalidad envidiable.
También me cuenta que la vieja se suma a todo lo que le dice la tele. Cacerolazo contra Cristina se suma. Nisman se suma. Contra la cuarentena, contra los gays, contra los pobres, se suma. Depende de los días; está en contra de los inmigrantes. Hoy parece que no.

—Una vez me regaló un kilo de café. Otra, un cable de celular, ¡cómo si tuviera dónde enchufarlo! —Me sonríe. Le falta la mitad del comedero. Me gana por lo buena onda; le tiro los últimos mangos que tengo en el bolsillo. Me agradece. Espero que les des buen uso porque acabo de quedarme sin el alfajor que iba a desayunar, pienso.
Los pibes están frenéticos llamando y recibiendo mensajes. A uno le suena el celular, y dice ilusionado en un castellano enrevesado, como si la sola noticia le borrara los años de entonación argenta:

—Seguro es mi maita, pana. —Atiende. Se equivoca, es la app que le avisa que tiene un pedido. Entra al local, sale con una bolsa de carbón, dos cervezas, una coca y un fernet que mete en su mochila roja y sale pedaleando, cual Kevin Bacon en una película ochentera que se llamaba Quicksilver y que no vio nadie. Tiene una sonrisa que le ocupa la mitad de la jeta.

De pronto, en un lapso de 5 minutos, caen un móvil de televisión, otro de radio y unos cuasi adolescentes con pecheras de una escuela privada de periodismo, para hacer la nota de color que todo buen consumidor desea para su piel de verano. Los venezolanos prefieren darles notas a la tele y a la radio. Los adolescentes se quedan con la ñata contra el vidrio. Una piba venezolana, veintilargos o treintaipocos, transpirada de haber estado pedaleando todo el día, ojerosa y con la voz entrecortada, se les acerca. Los cuasi adolescentes les preguntan todo junto, como atolondrados, sin mucho oficio, pero con ganas de hacer la nota de sus vidas. La piba les dice:

—Tuvimos un paraíso, pero se nos fue de las manos.
Pensé que la única verdad era la muerte. Ahora sé que hay dos.

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