La Felicidad – Parte III

Katia B. Novella Bosio
Berlín, Alemania

En el siglo XVIII se producen mejoras en la agricultura y en la salud, hay más cosechas menos hambrunas, empieza la revolución industrial. Y se difunde la organización social basada en el comercio que conocemos hoy. La población europea crece. En muchos países, como en Gran Bretaña, el campesino no va a las ciudades para trabajar en una fabrica por propia voluntad, sino que es obligado a dejar los campos. Y tiene que emigrar a las ciudades en busca de trabajo salariado.

La burguesía promueve la lucha contra el absolutismo y la nobleza empuñando la ideología iluminista, que consideraba que la naturaleza había creado al hombre para ser feliz. Pero de acuerdo con la mentalidad burguesa, la felicidad debía basarse en la propiedad privada, la libertad, y la igualdad ante la ley. Ideas que se plasman en los textos fundamentales de la Revolución Francesa y de la Independencia de Estados Unidos: la Declaración de los Derechos del Hombre y la Declaración de Independencia, respectivamente. Textos que divulgan y hacen popular la idea moderna de la felicidad como derecho del individuo.

Filósofos como Voltaire y Rousseau afirmaban que la felicidad era algo que todos deberíamos alcanzar en la Tierra, aquí y ahora. Y la misión del gobernante era conseguirlo. Es en esta fase de la historia cuando los seres humanos comienzan la búsqueda, que todavía hoy continúa.

Pero esto no quiere decir que las personas del siglo XVIII pensaran sobre la felicidad en términos parecidos a los nuestros. Los cambios que han tenido lugar en las sociedades occidentales en los últimos trescientos años han sido enormes, y nuestra visión del mundo ha variado con ellos.

A mediados del siglo XIX, las condiciones de vida en el campo -o sea de una buena parte de la población occidental- aseguraban al campesino la subsistencia, pero no le permitían salir de la pobreza. La única chance para salir de esa condición era emigrar a la ciudad, para trabajar en una fábrica siete días a la semana y catorce horas al día. Una situación social muy distinta les tocó a las generaciones sucesivas.

En los países desarrollados, los cambios desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX fueron notables. Llegó la electricidad, la pavimentación, el teléfono, la radio, la música grabada. Y hubo dos guerras mundiales. Para la mayoría de nuestros abuelos fue una época de penuria, donde la felicidad quizás podía ser tener un negocio o un trabajo fijo para toda la vida.

En el período de entreguerras, todas las clases sociales comenzaron a valorar mucho más la diversión que en el siglo XIX. Luego, tras la Segunda Guerra Mundial, en los años ’60, se impone un modelo en el que la felicidad implica el consumo y un modelo familiar muy determinado. Durante la generación de nuestros padres surge el confort y mejoran las condiciones de la salud. Para ellos la dicha consistía muy probablemente en mejorar su bienestar y garantizar los estudios de sus hijos.

Para nosotros la felicidad está además en otras cosas: como disfrutar los placeres de la vida y alcanzar nuestra realización personal. No es casualidad que en la segunda mitad del siglo XX hayan florecido las aficiones y los hobbies, y tampoco que cada vez más hombres y mujeres tengan en claro que una pareja, dentro del marco del matrimonio y con una esperanza de vida de más de ochenta años, no tiene que ser para toda la vida.

No obstante estas consideraciones, a partir de la segunda mitad del siglo pasado, la característica más notable de nuestra felicidad se ha relacionado con el consumismo.

Continuará

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