La Felicidad – Parte IV

Katia B. Novella Bosio
Berlín, Alemania

“El problema es que se ha confundido el bienestar con la felicidad”, dice el filósofo francés Pascal Bruckner, autor del libro ‘La Euforia Perpetua / Sobre el deber de ser feliz’. “Se han creado nuevas necesidades relacionadas con el confort, con los bienes materiales”, dice Bruckner. “Y es como si esos bienes ya formaran parte de nuestra identidad y nos personalizaran, desde el ordenador, el iPod, el celular, hasta las gafas o las medias”.

¿Cómo llegamos a esto? Hay una explicación en la historia. Después de la gran crisis económica del ’29 y de las dos guerras mundiales, se abrió un período de bienestar económico sin precedentes; el auge de la ciencia y la técnica difundieron la sensación de que las dificultades de la humanidad habían sido superadas, y la felicidad se volvió una obligación. En los años ’60, hubo un sistema basado en el incentivo del consumo, según el principio de que la oferta y la demanda se generan mutuamente, donde el mercado se convertía en la fuerza reguladora de la economía. Por primera vez en la historia apareció el sistema de consumo masivo basado en la ‘tendencia’ al pleno empleo y en el aumento del poder adquisitivo de los ciudadanos. Y es exactamente en esta fase histórica, cuando se comienza a confundir el bienestar con la felicidad, y el tener con el ser, como señala el psicólogo y filósofo alemán Erich Fromm en su libro ‘Tener o Ser’.

El ápice de esta manera de percibir la felicidad sucede en los años ’90, cuando la prioridad del consumo alcanza niveles superlativos. La felicidad significa entonces, tener un estatus para conseguir ser alguien. La exigencia es tan elevada, que la gente debe renunciar a la vida familiar. El camino para llegar a la meta suponía dolor y sacrificio y eras feliz si podías consumir.

Hoy, para muchos, ese modelo atraviesa una crisis. El concepto del consumo se estaría transformando y dirigiendo hacía ‘ser tú mismo’, ‘experimentar’. En otras palabras, se estaría dando más importancia al camino que al destino en sí. Sabemos que queremos conseguir algo, pero el cómo lo hagamos es lo importante.

Según Martin Seligman, psicólogo, escritor estadounidense, y uno de los mayores estudiosos de la felicidad, existen tres estadios para llegar a la dicha plena. El primero es a través del placer; sería solamente el inicio del camino, pero mucha gente se queda anclada en él y no avanza. El segundo sería el compromiso, con la familia, los amigos, y hasta con las propias aficiones: dedicar un tiempo de calidad a todo ello. El tercero sería explorar nuestras características, habilidades y virtudes, y utilizarlas para un fin mayor: desarrollarnos y realizarnos como personas y profesionales.

Como podemos notar claramente la felicidad no es un concepto estático. Con el correr del tiempo su significado ha variado. Sin embargo, hasta hoy se sigue pensando, tal y como ya decía Aristóteles: que para ser feliz hay que tener tres clases de bienes: del alma, como la sabiduría y la inteligencia; del cuerpo, como los placeres y la salud; y de las cosas, como la riqueza.

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