La Otra Historia de Buenos Aires

por Gabriel Luna

Segundo Libro: 1636 – 1735
PARTE III B

Septiembre de 1637. Aldea Santísima Trinidad y puerto del Buen Ayre. Tras la frustrada captura del obispo Aresti, el pueblo esperaba la excomunión del gobernador Dávila. Era una medida extrema usada por el clero para zanjar sus diferencias con la clase política. El excomulgado se transformaba en una especie de apestado, la gente lo evitaba para no contagiarse del infierno. Y el infectado quedaba solo, sin nadie que lo obedeciera o le hiciera algún caso. Esto era el fin para cualquier funcionario. El primer gobernador excomulgado de Buenos Aires fue Francisco Céspedes, hacía apenas diez años. En agosto de 1627 el gobernador Céspedes había encarcelado a Juan Vergara, el mayor contrabandista de la Aldea. Y el obispo Carranza (primo de Juan Vergara) había excomulgado a Céspedes para alejarlo de sus funciones y liberar a Vergara.[1] Ahora ocurría algo más grave: un gobernador contrabandista y libertino intentaba encarcelar a un obispo para después expulsarlo del país. Dado el carácter del obispo Aresti la excomunión era inminente, toda la Aldea esperaba la ceremonia tremenda, pero no ocurrió.

Ocurrió que el procurador de la Aldea, Juan de Miranda, consideró los dichos de los vecinos en el último Cabildo y se opuso al pago del nuevo impuesto propuesto por el obispo Aresti. Esto -que podría interpretarse en nuestros días como una caída de la popularidad de Aresti, más una fuerte presión económica porque la diócesis no contaría con los recursos del impuesto- detuvo la excomunión. El Obispo era muy enérgico, casi fanático en su ideología, pero no estúpido. La medida hubiera dividido la Aldea en dos bandos, y el suyo no sería el más fuerte. De modo que Aresti negoció la excomunión con el propio Dávila. El resultado fue que el gobernador Dávila nombró almirante de ríos, mares y océanos a Luís de Aresti, un sobrino del Obispo. El título algo ostentoso, más allá de la distinción y de sugerir improbables batallas navales, tenía un atractivo en metálico porque servía para controlar el contrabando de esclavos -que se hacía por mares, ríos y tierras hasta Potosí-. Controlar, en este caso, no era evitar el contrabando ni recaudar para la Corona punitorios, sino contar los esclavos en tránsito y cobrar una porción por cabeza para el almirante y para la diócesis del obispo Aresti.

El 28 de noviembre de 1637 arriba a Buenos Aires, procedente de Lisboa, el navío “Nuestra Señora de Nazaret”. Viene a bordo don Mendo de la Cueva y Benavídez, el próximo gobernador del Río de la Plata, reemplazante de Pedro Esteban Dávila. “El aire es puro como reza el nombre del puerto”, dice Mendo de la Cueva mientras inspecciona con catalejos la meseta cubierta por una aldea de casas bajas. Ve varias líneas de naranjos y durazneros haciendo calles, mira las defensas del Fuerte, y cuenta las cuatro cruces de las iglesias. Don Mendo de la Cueva y Benavídez está satisfecho. Se trata de un militar que combatió durante más de cuarenta años en las penosas guerras de Flandes, que ahora viaja con su familia, y llega finalmente a un destino soñado: gobernar un territorio apacible y extenso, provisto de frutos y ganados en abundancia, lejos del hambre y las penurias de Flandes, y lejos de los herejes holandeses. Don Mendo de la Cueva alza su cruz de Santiago y toda la familia se arrodilla en cubierta: su mujer, la piadosa María Lagos, su amada hija Isabel, y su hijo Juan de la Cueva y Benavídez -también combatiente en Flandes-. Don Mendo reza con unción y hace un voto a Dios, agradecido por su destino. No sabe, ni siquiera sospecha, que en menos de un mes será excomulgado.

La noticia de la designación de Mendo de la Cueva se conoció en la Aldea dos meses antes de que llegara el navío “Nuestra Señora de Nazaret”. Y el más conmovido por la noticia fue el gobernador Dávila. Dávila tenía esperanzas de renovar su mandato porque había hecho las obras de defensa y el presidio, encomendados por la Corona; también había hecho una buena economía permitiendo la exportación de cueros y granos sin desabastecer el mercado interno, fijando precios máximos para el pan y la carne; y había “purgado las calles de mal vivientes y peor entretenidos”, usando el presidio. El Cabildo había pedido al rey la continuidad de Dávila. Pero la Corona tuvo en cuenta la aldea Concepción del Bermejo, tomada por las tribus insumisas del Gran Chaco, que Dávila no pudo recuperar, y los dichos del licenciado Garabito y el obispo Aresti, que acusaban al Gobernador de contrabandista y lujurioso. Luego de la conmoción por la designación, Dávila -que hacía una regia vida pródiga, y estaba felizmente amancebado con varias mujeres- tuvo que cambiar sus planes. Decir adiós y marcharse a España con suficiente cantidad de metálico. Tras lo mucho gastado, lo regalado, y lo que no podía llevarse -como la casa de tres patios junto a la Catedral, que puso a nombre de María Guzmán Coronado-, Dávila contabilizó cinco cofres de lingotes y monedas y cuatro carretas de muebles. No le pareció bastante y decidió quedarse con las rentas del almirante y el obispo Aresti. Romper el pacto de la excomunión ya no le importaba, iba a dejar su puesto, y si había problemas tenía una carta de triunfo bajo la manga: conocía muy bien a Mendo de la Cueva, había luchado con él en Flandes, los dos habían obtenido la orden de Santiago y el grado de maestre de campo.

El 29 de noviembre de 1637 don Mendo de la Cueva y Benavídez asume la gobernación del Río de la Plata. A partir de entonces lo persigue el obispo Aresti pidiéndole que encarcele a Dávila, por ser adúltero lascivo y tener prostíbulo junto a la Catedral… y también para recuperar la renta del almirante y de la diócesis. El nuevo Gobernador le da largas: expone su condición de recién llegado, pregunta, pide pruebas, habla de investigar. Pero el frenético Obispo olvida protocolo e investidura y acude a diario a la Gobernación llevando argumentos y testigos de los pecados carnales de Dávila, él mismo ha oído los gritos de Venus que venían del prostíbulo y entraban en su sueño como demonios impidiéndole respirar. Mendo de la Cueva escucha, pero no actúa.[2] Ante la insistencia del Obispo el Gobernador explica: “Dávila tendrá su juicio de residencia, allí responderá por todos los cargos seglares o eclesiásticos que se le hicieren”.[3] Y el Obispo acusa al Gobernador a Dios.

El 24 de diciembre de 1637 es domingo, día religioso, de esparcimiento y descanso, pero además es víspera de Navidad -la más importante celebración  de la cristiandad-. Antes de medianoche suena la campana de la Catedral, y los vecinos acuden a pie con faroles, mulas, sillas de manos, carros, ovejas, y sus mejores ropas hasta las puertas de la iglesia para oír la misa del gallo. Quieren compartir la primera hora del día de Navidad. En la Plaza Mayor hay carretas con guirnaldas donde se vende vino e hidromiel, quesos y dulces, frutas y panes trenzados con almíbar. La noche templada parece azul. Niños disfrazados de querubines hacen una ronda. Los vecinos se congregan frente a la iglesia; es tiempo de alegría, de perdones y buenos deseos. Pero la armonía se rompe al abrirse las puertas de la Catedral. Adentro parece una gruta. El crucifijo está cubierto por un paño negro, lo mismo que las imágenes de la Virgen de la Inmaculada Concepción, del Jesús pastor, y de San Martín de Tours. Crece un canto llano in tenebris acompañado por golpes espaciados de timbal, que suenan como truenos. Y llegan los frailes encapuchados portando cirios entre una nube de incienso. Rodean el altar. En el altar cubierto de negro hay calaveras. “Así es el final de los hombres sin Dios”, señala gritando el obispo Aresti -que parece salir de la nada- y destroza con el puño una calavera. El coro cesa. Los vecinos se estremecen, los querubines huyen. El Obispo empieza un anatema fulminante contra el gobernador Mendo de la Cueva por desobediencia obstinada, permitir el pecado -rompe otra calavera-, y “pervertir esta república en vez de asistirla y ampararla”. Sigue con una serie de latines y maldiciones para el Gobernador: “Te separo del árbol de la Iglesia como al fruto podrido”, dice. “Y quede separado en el Cielo lo que yo separo en la tierra”, dice. “Te quito la luz, te condeno a las tinieblas”. Y los frailes apagan los cirios de un golpe en el piso. Suena un redoble de timbal, es como una tormenta.

El día de Navidad de 1637, Pedro Esteban Dávila partió de Buenos Aires. También había llegado un día de Navidad seis años atrás. Pero las simetrías terminaban ahí. Había llegado orgulloso, precedido por salva artillera y sones de campanas, con sombrero de plumas azules y escolta de venablos, cantando villancicos, y recibido solemnemente por la Aldea. Ahora huía como ladrón -por un puerto clandestino de Luján-, embarcando entre la niebla sus carretas de muebles y sus cofres de metálico. Se llevaba también un hijo rubio, Domingo Esteban Dávila, habido con María Guzmán Coronado; y dejaba otro, de piel muy pálida, Juan Dávila, habido con Ana Matos Encinas.

Ver también:

Parte III
Segunda Parte (continuación)
Parte II
Parte I (continuación)
Parte I

[1] La descripción, las cuestiones de fondo y las consecuencias de este episodio fueron tratadas en La Otra Historia de Buenos Aires (Libro Primero) Partes XVII y XVIII.

[2] Dávila le informa a De la Cueva que la casa de María Guzmán Coronado no es un prostíbulo; pero que sí hay uno a escasas dos cuadras de la Catedral, que perteneciera a Simón Valdez, luego al ex alguacil González Pacheco, y que actualmente está a nombre del mismísimo Obispo quien cobra renta por esa propiedad.

[3] El juicio de residencia era una práctica de la época, se hacía a todos los gobernadores del Imperio al finalizar los mandatos.

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