La Otra Historia de Buenos Aires.

Libro II (1636 – 1735)
Continuación de la PARTE I

por Gabriel Luna
 

Durante los meses de abril, mayo y junio, de 1636, la cuestión política principal en la aldea del Buen Ayre fue la nueva expedición para reconquistar el territorio de Concepción del Bermejo, tomado por los indígenas del Gran Chaco hacía cuatro años. Ya habían fracasado dos expediciones. No era fácil asimilar esto para la Corona. De modo que, presionado por España -que veía a Concepción como un punto estratégico-, el gobernador Dávila proyectó una tercera y más importante expedición encabezada por él mismo. Hubo varias objeciones: los vecinos no querían lamentar más vidas, ni pagar los gastos de otra partida militar, ni restar fuerzas a sus propias empresas, por recuperar el Bermejo. Y tampoco Dávila quería ir. La solución política que encontraron, para reducir la presión de España, fue hacer una súplica del Cabildo al Gobernador argumentando que debía suspenderse la expedición para no restar recursos y debilitar la defensa de la aldea ante un posible ataque holandés. Se entienden las razones de los vecinos. ¿Pero por qué Dávila, siendo soldado, de campañas en Flandes e Italia, no querría ir al Bermejo?

Porque debía ocuparse de otro asunto en la Aldea. A esta altura de su vida, había algo que le interesaba mucho más que una victoria militar en el Gran Chaco. Ya estaba consiguiéndolo, y para afirmarlo, tenía que neutralizar a Francisco González Pacheco, el alguacil mayor de tierra y mar de Trinidad y puerto del Buen Ayre. Había urdido una intriga contra González Pacheco, que estaba por concluir y no podía abandonar.

9 de julio de 1636. A las 6 de la tarde, casi de noche, el gobernador Pedro Esteban Dávila cruza la Plaza Mayor -actual Plaza de Mayo- envuelto en una capa manchega y calzando sombrero pardo. No tiene escolta, sólo un esclavo desarmado camina adelante llevando un farol. Podría confundirse a Dávila con algún oficial real que sale del Fuerte, pero los vendedores de la plaza, los limosneros de la catedral, y los tahúres de la cantina, conocen sus pasos, y la rutina. Es decir: toda la aldea de Trinidad y puerto del Buen Ayre sabe del horario y recorrido del Gobernador. Y el mismo Gobernador sabe que se sabe (inclusive disfruta con eso), pero no permite interferencias en su recorrido, tampoco que se lo mencionen.

Hace frío. Un crepúsculo púrpura y violáceo crece desde la pampa, avanza sobre una docena de ranchos, sobre los corrales de tunas, las tapias, el caserío, y se disuelve en el río. Dávila camina por el lado norte de la plaza -la actual avenida Rivadavia- hacia el crepúsculo. El esclavo que lo precede, se detiene, golpea con aldaba en una casa de frente amplio, de paredes recién encaladas, ubicada entre la catedral y la vivienda del clérigo Lucas de Sosa y Escobar. La puerta de madera dura y herrajes negros se abre casi de inmediato. Entra el Gobernador. Hacen reverencias dos esclavas, se llevan los guantes, la capa, el sombrero pardo. Y Dávila cruza un salón muy amplio, adornado con paneles de Flandes y alfombras persas, mesas de jacarandá, sillas y sillones tapizados de damasco, y los famosos candelabros de plata que quiso usar el gobernador Góngora para volar el Fuerte hace trece años. Dávila cruza un patio de naranjos, entra en una sala caldeada con braseros donde hay un escritorio taraceado en marfil, dos bibliotecas, sillones de roble y terciopelo, un diván haciendo juego, un espejo de Venecia. Se quita el trabuco que lleva cruzado en la faja, la espada en bandolera, se quita el chaleco de raso, y entonces oye algo. Vuelve a oírlo, es un acorde de laúd. Dávila sonríe, se quita también la faja. El espejo lo muestra cincuentón, algo ventrudo, el pelo cano, la barba candado, los ojos brillantes. Dávila cruza un patio de jazmines. Ve moverse una sombra pálida en la sala siguiente. La sala tiene menos velas y más braseros que la anterior. Se oye otra vez el acorde, una voz dulce entona una copla. La muchacha que canta, toca el laúd sentada con las piernas cruzadas sobre un cojín de damasco y completamente desnuda. Dávila respira hondo. La copla habla del amor y las mujeres vírgenes. Más allá hay un resplandor, en la habitación principal de la casa. Una esclava trae un candelabro de tres velas y lo apoya sobre el piso de baldosas rojas. La muchacha entona una zarabanda y aparece María Guzmán Coronado, la joven dueña de casa, vestida como una virgen de Murillo, con manto azul y túnica blanca. María Guzmán baila la zarabanda descalza en torno del candelabro y los braseros. Se quita el manto y se mueve como una llama sobre el embaldosado rojo. Agita el cabello rubio, muy largo. Se mueve elástica, flexible, y cuando pasa por delante del candelabro la túnica trasluce sus muslos firmes, las caderas amplias con cintura estrecha, la forma de sus pechos. Dávila toma asiento en una banqueta. María da vueltas, hace varias figuras de ballet, y termina a la par de la zarabanda: erguida frente a Dávila, los pies cruzados de modo que los dedos de uno tocan el talón del otro, los brazos hacia arriba formando un óvalo. El Gobernador aplaude babeante, grita, aplaude más fuerte. Y la túnica cae sobre las baldosas rojas, rodeando los pies de la bailarina.

El cuerpo de tan blanco resplandece. Dávila mira los pezones canela, los labios encarnados, los ojos glaucos. Estira una mano hacia la pelambre del pubis, María ríe y se escabulle. ¿Qué buenas noticias trae vuesa mercé?, dice María Guzmán imitando a los campesinos. El Gobernador sonríe. Pues, que me he librado por fin del alguacil González Pacheco, mala puta lo quiera, y he puesto en su lugar a uno de los nuestros. La muchacha desnuda del laúd se acerca a felicitar y besar a Dávila, que rápidamente le mete mano en la entrepierna. La muchacha se llama Ana Matos Encinas; y está casada con Marcos Sequeyra, un oficial de infantería protegido y favorecido por Dávila.

(Continuará…)

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