¡Salta, Violetta! De ídola televisiva a embajadora cultural

por Celeste Choclin

La serie televisiva que protagoniza Martina Stoessel ha alcanzado un éxito rotundo en América Latina, EEUU y Europa, pero… ¿qué relación guarda con la cultura de una ciudad?, ¿la producción de la industria Disney es la embajadora de nuestra cultura? ¿Confusiones o promociones ideológicas?

Embajadora
El 2 de mayo Martina Stoessel, protagonista de la serie Violetta transmitida por Disney Channel y Canal 13, será condecorada por el Ejecutivo porteño como Embajadora Cultural de la Ciudad de Buenos Aires. Con este título reemplazará a Charly García quien posee esta distinción desde julio del año pasado. El anuncio fue festejado por sus fans y generó también rechazos, como los de un usuario de la página change.org quien pidió la cancelación del nombramiento y ha juntado miles de firmas en este sentido: “Con el mayor de los respetos a la adolescente actriz (que muy bien realiza su trabajo), creo que ese nombramiento debería llevarlo un artista real y legítimo, y no un producto estético y ficticio de un canal de televisión. De eso se trata el arte, de la expresión del alma. Y no de ser una marioneta. Demás está decir que no representa la cultura de la Ciudad en lo más mínimo. Creo que gente mucho más idónea lo merece.” ¿Merece Martina Stoessel esta condecoración? ¿Es Violetta un modo de cultura popular o un producto de una industria cultural?

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Industria cultural
Cuando Adorno y Horkheimer escribieron en 1944 el libro Dialéctica del Iluminismo, en el capítulo “La industria cultural” entendieron que se estaba desarrollando un modo de expresión destinada a la maximización de las ganancias que poco tenía que ver con aquella búsqueda creativa que realiza el artista. Los pensadores alemanes veían en el cine de Hollywood la planificación hasta el último detalle y la repetición de fórmulas con probado éxito. Este modo mercantilizado de entretenimiento promociona un contenido moralizante donde el espectador proyecta sus deseos que quedan confinados en los límites de la ficción, de allí que la industria cultural produce un engaño sistemático: que los espectadores vivan la vida a través de los personajes de ficción y no desarrollen lo propio ni piensen en sus condiciones sociales de existencia.
Los productos de Disney siguen esta lógica industrial, repiten fórmulas exitosas, historias que suceden en espacios sin marcas territoriales, memoria, ni compromiso social alguno. Protagonistas ricas cuya preocupación está centrada en el amor y un sueño: pase lo que pase su deseo es triunfar cantando. Así lo muestra la serie Violetta, cuyas canciones corea el público infantil en todo el mundo. El espíritu triunfalista está por encima de cualquier otra preocupación: “Quién le pone límite al deseo/cuando se quiere triunfar. /No importa nada. /Lo que quiero /es bailar y cantar”. (Destinada a Brillar), Abro los ojos y mi voz/se quiebra de la emoción/Luces, aplausos y el telón/se abre en cada función/Siento la música vibrar/Mi cuerpo empieza a temblar/Respiro en cada ocasión/Que empiece el juego” (Esto no puede terminar), Oye mi corazón/Como se acelera cuando el público espera. No /Nada me va a parar/
Que suba el telón, chicas comienza la función / Las luces, los flashes/La música será la clave/Aplausos en un momento/¡Nuestra voz va a tocar el cielo! (Alcancemos las estrellas), entre otras tantas, que advierten una atención centrada en el éxito, totalmente descomprometida y lavada. ¿Qué tipo de representación de nuestra cultura tiene este producto comercial?

Carreras meteóricas
La joven actriz acaba de cumplir 17 años y la tira que protagoniza en sus dos temporadas se ha convertido en un éxito rotundo: millones de espectadores la han visto en América Latina y Europa, sus discos se posicionaron entre los primeros puestos de ventas, la gira mundial que culminó hace pocas semanas obtuvo record de espectadores y el merchandising dedicado a su persona violetasalta(remeras, útiles escolares, vasos, mochilas, entre otros tantos objetos…) asciende a cantidades incalculables. Su carrera meteórica y una agenda más que apretada entre grabaciones, giras y presentaciones la llevó a dejar el colegio y distanciarse de las vivencias de una adolescente de su edad. Agotada de tanto trajín, Martina en el mes de febrero participó de un desfile de Benito Fernández y minutos antes de salir estuvo a punto de desmayarse. Martina, la hija del productor de televisión Alejandro Stoessel, confesaba en declaraciones publicadas por la revista Noticias: “Nada es color de rosa, todo tiene su contraparte negativa. Desde el Gran Rex hasta ahora hicimos 200 shows. Me la pasé haciendo y deshaciendo valijas. A veces llego a la habitación del hotel y lloro sin saber por qué, por felicidad o por angustia, es una mezcla de sentimientos. Otras veces me siento vacía y digo: ´¿Cómo te vas a sentir así con toda esta gente que te quiere?’ Pero se extraña mucho”. A pesar de que la artista ha mencionado la contención que tiene por parte de su familia, no deja de sorprender el stress, la vorágine de acontecimientos para una chica que apenas roza la adolescencia, y una producción tan ajustada en tiempo y forma, que lejos está de la búsqueda creativa necesaria para la experiencia artística. Las mega estrellas adolescentes construidas desde la fábrica de Disney, con sus millones de fans y la presión por explotar cada segundo de su fama son más que conocidas y también los trastornos que terminan padeciendo. Podemos mencionar a Justin Bieber y su agresión repentina, a Miley Cyrus y sus polémicas apariciones sensuales, una vez que abandonó la interpretación de Hannah Montana, a Demi Lovato y sus trastornos alimenticios, entre otras tantas jóvenes figuras de las que se extraen millones y terminan enfermando pos sobreexposición. ¿Qué modelos dejan estas mega estrellas? ¿Qué implica el triunfo que pregonan en sus canciones?

¿Nacional o importado?
Esta vez la mega estrella es argentina y muchos medios de comunicación sostienen con orgullo que después del Papa Francisco y Messi, llegó el turno de que la industria cultural norteamericana ponga la varita mágica en una niña de nuestra tierra. Sin embargo el título de embajadora de la cultura de nuestra Ciudad no pareciera estar acorde con la protagonista de esta serie de Disney. Buenos Aires es una ciudad tan prolífera en expresiones de teatro, cine, circo, música, artes plásticas, danza, literatura… Este homenaje, sin lugar a dudas, lo merece un artista creador como tantos de nuestra localidad en vez de un producto pensado desde la fábrica de la cultura globalizada que repite las fórmulas de éxito.
El Ejecutivo porteño justificó la designación por “la llegada” que tenía en las chicas y chicos, la vicejefa de gobierno María Eugenia Vidal manifestaba en el programa radial Mañana Sylvestre en Radio del Plata: “Sin lugar a dudas Stoessel está haciendo una gran difusión en el mundo y hay que reconocer esa parte de la cultura popular. Si empezamos a discutir qué es cultura o por qué una cosa es mejor que otra nos metemos en un terreno donde lo que hacemos es subestimar a las miles y miles de personas que siguen a Martina Stoessel”. Sin embargo allí radica una de las principales confusiones. Aunque se promocione lo contrario, sabemos que no es el rating el que define la calidad de un programa, ni la tele basura existe porque “la gente lo demanda” y, de la misma manera, tampoco una serie importada de la fábrica de Disney es representativa de nuestra cultura porque acapara a la gran audiencia. Pensar de este modo implica negar las relaciones de poder, la dominación cultural y minusvalorar a todos los artistas que no siguen moldes prefijados, que desean expresarse sintetizando nuestra cultura y ser reconocidos por esta labor. Incluso este equívoco marca una definición ideológica: promover los modelos que vienen del exterior (sobre todo si se trata de EEUU) y luego triunfan fuera de nuestras fronteras; borrando su carácter mercantil y las grandes corporaciones que se benefician de sus cuantiosas ganancias.

La cultura es la sonrisa
Nuestra cultura local, tan rica y diversa, anda por otros carriles, lejos de regirse por una lógica comercial globalizada y estandarizada sus expresiones dan cuenta de memorias, de lugares, de tradiciones, de identidades, de emociones, de sentimientos, de vivencias…Así lo canta León Gieco “La cultura es la sonrisa que brilla en todos lados/en un libro, en un niño, en un cine o en un teatro/ solo tengo que invitarla para que venga a cantar un rato/ Ay, ay, ay, que se va la vida/mas la cultura se queda aquí/La cultura es la sonrisa para todas las edades/puede estar en una madre, en un amigo o en la flor/o quizás se refugie en las manos duras de un trabajador/La cultura es la sonrisa con fuerzas milenarias/ella espera mal herida, prohibida o sepultada/a que venga el señor tiempo y le ilumine otra vez el alma/La cultura es la sonrisa que acaricia la canción/y se alegra todo el pueblo quien le puede decir que no/solamente alguien que quiera que tengamos triste el corazón.” (La cultura es la sonrisa).

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