El índice, la calle y la sombra del ajuste
por Lucía Pereyra
Los miércoles, en Buenos Aires, tienen un pulso particular. No es el de la semana que avanza ni el del tránsito que se espesa: es el de los jubilados que vuelven a ocupar los alrededores del Congreso nacional como un territorio propio y de todo el pueblo que, pese a los gases, palos y represión, se niega a abandonar. A principios de esta semana, una noticia cayó como piedra en el agua quieta de la tarde, formando ondas concéntricas que no cesan de propagarse.
La renuncia de Marco Lavagna al frente del Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) el lunes 2 de febrero, principalmente por diferencias con el Gobierno sobre el momento de implementar el nuevo Índice de Precios al Consumidor (IPC). El funcionario saliente quería aplicarlo ya, mientras que el Ministerio de Economía y la Presidencia preferían postergarlo hasta que el proceso de desinflación estuviera más consolidado. De esta forma, el gobierno de Javier Milei seguirá ajustando donde más duele: el bolsillo de los trabajadores y los ingresos de los jubilados. No en el índice de un libro, sino en el del INDEC, ese número que parece frío pero que define la vida de millones de ciudadanos. “Con la manipulación del INDEC, Milei le vuelve a robar a los jubilados”, advirtió el ex legislador porteño por el Partido Obrero, Gabriel Solano. La frase quedó flotando en el aire como un eco incómodo.
La lógica es simple y brutal: si las jubilaciones se actualizan por el IPC, cualquier alteración en la medición oficial de la inflación se convierte en un recorte silencioso. Solano asegura que eso es exactamente lo que está ocurriendo: Que la inflación de 2024 y 2025 fue medida y publicada por debajo de la real. Que el ajuste ya se consumó sin necesidad de decretos ni discursos. Que el 2026 se repetirá la historia.
Para el dirigente, el daño no es solo económico. Es también una forma de despojo moral, un recordatorio de que quienes trabajaron toda una vida siguen siendo la variable más fácil de recortar. “El robo ha sido mayor de lo que todos creían”, insistió, como si buscara que la frase perforara la indiferencia general.
La escena, sin embargo, no se agota en la denuncia. Solano mira a su alrededor: los jubilados que marchan cada miércoles, los carteles escritos a mano, las manos que tiemblan pero no sueltan la bandera. Allí encuentra el hilo que une esta disputa técnica con una lucha más amplia. “Tenemos que derrotar el plan de Milei”, afirma, enlazando la defensa de los haberes con la del Hospital Garrahan y con la movilización anunciada para el 11 de febrero contra la reforma laboral.
La tarde cae sobre la ciudad, y los jubilados siguen avanzando, lentos pero obstinados. No discuten fórmulas ni coeficientes; discuten su vida. En ese contraste —entre la frialdad del índice y el calor de la calle— se juega una parte del país. Y mientras el gobierno y la oposición cruzan cifras y acusaciones, ellos, los de siempre, vuelven a recordarle a todos que detrás de cada número hay una vida, una historia, un derecho que no se resigna.
