Morir por ser chico y pobre

Por Clarisa Ercolano


“Este año no se nos murió de frío ningún chico”, comentó al pasar, y hasta contento, un empleado del área de la niñez de la ciudad de Buenos Aires ante esta cronista. La afirmación es cierta en parte. De frío no, pero por ser pobres, sí.
En menos de un mes, tres niños perdieron la vida en dos barrios marginales de la ciudad de Buenos Aires. El 16 de agosto en el barrio Nueva Esperanza, cerca de Los Piletones, María, una nena de 5 años murió quemada cuando su casilla se prendió por un cortocircuito. Dos días después, Miriam, otra nena de 3, murió también quemada cuando una vela incendió la cama en que dormía. Dos semanas después, en villa Zabaleta, Kevin Molina de 9 años quedó en el fuego cruzado entre un grupo de narcos y perdió la vida en el acto.
Justo cuando en plena campaña, oficialistas y opositores se pusieron de acuerdo en que bajar la edad de imputabilidad es la mejor forma de terminar con la delincuencia tres niños pierden la vida por la inseguridad de ser pobres. Sin embargo, no eran menores los que acabaron con la vida de María, Miriam y de Kevin. Todos lo contrario. María perdió la vida cuando la precaria casilla en la que vivía se prendió fuego por un cortocircuito. En las villas, las instalaciones eléctricas son precarias y si esto se suma a un mundo de cartones, telgopores, telas, chapas, el cortocircuito es a veces inevitable. En la casa de Miriam, en cambio, ni había luz y una vela se volcó accidentalmente sobre la cama donde dormía y terminó con su vida.
El incendio de María fue en la casa 53 de la manzana 2 de la villa Rodrigo Bueno. Allí, pese a la desesperación de los vecinos, una de las dos nenas que dormían no pudo salvarse y murió carbonizada. Los bomberos, dicen en el barrio, tardaron más de una hora para llegar, ya que el acceso al barrio se dificulta por las calles angostas. “Si se hubiese avanzado con la urbanización del barrio, si no se la hubiese parado cuando fue ley, no estaríamos lamentando esta muerte tan triste. Y si no se impidiera el ingreso de material para la construcción, este incendio no habría sido mortal, esto se hubiera evitado. “Son todos techos de madera y de cartón, porque no nos dejan mejorar las viviendas”, señaló Bautista, habitante del barrio y redactor de la revista La Garganta Poderosa. “Hace un año, un informe había dado cuenta de que la bajada de energía eléctrica se encontraba en condiciones de suma precariedad y generaba “cortes permanentes, y chispazos, humo y olor a cable quemado”.
Miriam vivía en el barrio Nueva Esperanza, lindero al barrio Los Piletones. Un barrio que no tiene luz y como aún no está reconocido como asentamiento carece de servicios básicos, por lo que comparte la precariedad de los servicios de luz con Los Piletones. Miriam tenía tres años y en su casa las velas eran indispensables. La fatalidad y la desidia hicieron que una de esas velas cayera en la cama de María, que encontró la muerte durmiendo. Mónica Ruejas, presidenta de la Junta Vecinal del barrio Piletones, presentó una nota a la Defensoría General para que el asentamiento sea reconocido y censado. Se calcula que viven allí unas 200 familias.
Según un informe del movimiento Villas al Frente, la transferencia de dinero de villas para proyectos privados es escandalosa. Señala que 1 millón de pesos del programa de Intervención Social de las Villas fue transferido al reacondicionamiento del edificio Dorrego, que será concesionado a privados para desarrollar un centro metropolitano audiovisual. 3 millones del programa de Intervención Social en Villas de Emergencia y Núcleos Habitacionales Transitorios se transfirieron al programa de Industria Audiovisual, que realiza principalmente desfiles de moda. 1 millón del presupuesto de la Comuna 7 de la Unidad de Gestión Intervención Social (UGIS). Y 2,5 millones de los programas de Hábitat, Inclusión Social y Mejoramiento de Villas de la Comuna 15 fueron usados para remodelar la entrada a en Plaza Italia del zoológico porteño, cuya administración fue cedida por el PRO a empresas privadas.
Kevin Molina tenía una casa precaria y en su barrio había luz. Sin embargo, nada de eso le alcanzo para guarecerse de las balas de dos facciones de narcos que se enfrentaron en el barrio donde vivía, en villa Zabaleta. Con apenas 9 años, testigos presenciales señalan que cuando Kevin escuchó los tiros corrió a esconderse debajo de la mesa. Su mamá lo encontró en la mañana, acurrucado todavía. Pensó que dormía. Pero no. Tenía un disparo en la cabeza. Una bala perforó la pared de la casilla donde vivía con sus hermanos y sus padres.
La Garganta Poderosa, revista que le da voz a los asentamientos de la Ciudad, difundió un comunicado a través de las redes sociales y logró que la noticia ganara trascendencia. “Toda Zavaleta está destrozada, llorando sangre y sintiendo que nada sirve para nada, que podemos marchar a tribunales o explotar en las redes sociales, pero seguiremos siendo los marginales”.
En el barrio no dudan, “la prefectura deja la zona liberada para que se resuelvan conflictos que no tienen nada que ver con la gente que viven acá. Entraron tipos de otro lado para resolver cuentas pendientes de un mundillo que seguramente tiene que ver con la droga pero no con nosotros”.
“La Prefectura no respondió al llamado de los vecinos cuando comenzó el tiroteo. Suelen venir al otro día a buscar los cuerpos, esta vez se llevaron el de un nene de 9 años”, sostuvo un referente de La Garganta Poderosa. “Y por si fuera poco, a la familia de Kevin, la misma policía le robó una billetera y los celulares que tenían”.
Resulta chocante recorrer las calles del barrio y ver a plena luz del día la destrucción del paco, las caras de la desesperanza, la pobreza que no puede taparse. Aquí, en Zavaleta, el Estado en todas sus formas sólo parece llegar en forma de afiches de propaganda política y, a veces, con un contraste que irrita. Con la sangre de Kevin todavía en la tierra de Zavaleta, apenas unas horas después, Cristina Fernández de Kirchner inauguró en este mismo lugar una sede de la Secretaría de Cultura de la Nación. El nuevo edificio es imponente, cuenta con un auditorio para 300 personas, aulas, talleres y hasta un canal de televisión. Un edificio del Primer Mundo, donde Kevin nunca va a poder entrar.

 

Montaje sobre fotografía de Cristian Minzer

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