El golpe de Encarnación Ezcurra

por Mónica Oporto

En 1832 Rosas declinó el cargo de gobernador de la provincia de Buenos Aires con facultades ordinarias. Recayó la designación en Juan Ramón Balcarce, su ex ministro de Guerra, quien apenas asumido el cargo el 6 de enero de 1833,  dio claras señales de ser continuador de la forma de hacer política de Manuel Dorrego. De hecho se identificó con el sector de federales “lomonegros” o “cismáticos” a los cuales pertenecía el gobernador fusilado por orden de Lavalle -la otra fracción federal eran los “netos” o “apostólicos” seguidores acríticos de Rosas-.

Llegado Balcarce al gobierno, tomó medidas que demostraron sus convicciones. Condenó a seis meses de destierro en la isla Martín García a Matías Wac, por tramar el asesinato de Lavalle; se ocupó de sostener y estrechar las relaciones amistosas con todas las provincias al mismo tiempo que contuvo un movimiento separatista en Entre Ríos. A fines de ese año las dos fracciones del federalismo exteriorizaron su descontento. Mientras Rosas se alejaba en la expedición “al desierto”, su esposa Encarnación Ezcurra se encargaba de iniciar un conjura opositora al gobierno de Balcarce.

Encarnación (llamada “La Mulata Toribia” por los unitarios) recibía en su casa a personas de todos los sectores sociales, y dio a generar un estado de descontento popular y violencia social que, acompañado de una feroz campaña de prensa, derivaría en un proceso por parte de un jurado de imprenta a varios periódicos rosistas, empezando por uno que llevaba el mismo nombre que el título que se le había otorgado a Rosas luego de que sofocara la revolución popular encabezada por Manuel Pagola: “El Restaurador de las Leyes”.

El nombre del periódico fue usado para crear un equívoco que terminaría con un estallido revolucionario afín a los intereses políticos de Rosas. La misma mañana en que se procedería a juzgar al mencionado periódico, la ciudad de Buenos Aires apareció empapelada con grandes carteles escritos con gruesas letras rojas en los que se anunciaba ambiguamente sobre el proceso al “Restaurador de las Leyes”. A la hora estipulada para dar inicio al juicio, unos trescientos paisanos concentrados frente al lugar donde se desarrollaba la audiencia, dieron vivas a Don Juan Manuel y mueras al gobierno de Balcarce. Entre los convocados en la plaza estaban Ciriaco Cuitiño y Nicolás Parra, conspicuos integrantes de la Sociedad Popular Restauradora.

La audiencia debió suspenderse por ausencia de uno de los jurados. Como la manifestación aumentaba, Balcarce reunió a su gabinete y resolvieron disolver el tumulto. Fue enviado a cumplir la orden Agustín Pinedo, uno de los jefes de regimiento de la ciudad, pero al día siguiente se pasó a los revoltosos.

Algunos conocidos hacendados, comerciantes y profesionales porteños dieron su apoyo a los rebeldes. La presión sobre Balcarce aumentaba. Finalmente la Sala de Representantes sancionó una ley exonerando del cargo al gobernador.

Tras una paciente y ardua labor, Encarnación Ezcurra habían logrado mediante la agitación política, y con la participaron algunos periódicos, confundir al grueso de los porteños y derrumbar el gobierno de Balcarce. El camino al regreso a la gobernación de Juan Manuel de Rosas quedaba abierto.

 

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