Un “Cacho” de arrabal…

por Mariana Lanús Rieznik*

Un recorrido por la vida de Arnaldo Rieznik, “Cacho” para los amigos, nos sumerge en la historia del barrio de Barracas. Sus recuerdos y vivencias ya son parte de la memoria colectiva. Aparecen allí las viejas calles, las casas y las fábricas, y una esencia de la barriada porteña.

“Tomamos el 12 que nos deja en Iriarte y Montes de Oca, de ahí vamos hasta la imprenta donde trabajaba papá, bajamos por Vieytes y pasamos por mi casa de Rocha” me explica Cacho, con sus jóvenes 87 años, bastón en mano, en un intento de justificar que no era necesario tomar un taxi, mientras aguardábamos en la parada del colectivo. Una vez en camino no perdió la oportunidad para hablar con el muchacho sentado a su lado y contarle algunos detalles del promisorio paseo dominguero.

arnaldo1
El barrio de Barracas, recibe su nombre de los enormes galpones instalados en los márgenes del Riachuelo utilizados para almacenar productos destinados a la exportación, cueros, carnes saladas y lanas de oveja, que eran enviados a Inglaterra desde la incipiente nación Argentina, conocida por aquellos tiempo como el “granero del mundo”. Se dice también que dichos galpones funcionaron a su vez como receptores primarios en el tráfico de esclavos de origen africano. Muchos de ellos siguen de pie, algunos abandonados, otros fueron destinados para nuevos usos.
Barracas fue el lugar de residencia de las familias más acaudaladas de la ciudad, que habitaban en imponentes mansiones y quintas señoriales con extensos parques, ubicados en la “calle larga”, actualmente la avenida Montes de Oca, y que eran parte del paisaje característico del barrio hasta fines del siglo XIX .

arnaldo4
Ante la epidemia de fiebre amarilla, los residentes abandonaron las mansiones para reubicarse en la zona norte de la ciudad. Las casonas fueron ocupadas por inmigrantes, españoles, italianos y judíos sefaradíes. A aparecieron los famosos conventillos, y el barrio de bellas quintas y hombres “de alta alcurnia”, se convirtió rápidamente en un barrio obrero, atestado de fábricas, galpones y pulperías donde se reunían los trabajadores para distenderse luego de la ardua jornada laboral. Cacho recuerda que en el año ‘30 obtuvo su primera radio y escuchó por primera vez “La pulpera de Santa Lucía” el famoso vals, en la voz de Ignacio Corsini.

arnaldo2
Su papá Isaac vino desde Entre Ríos a Buenos Aires en busca de trabajo. “No era muy demostrativo, pero para él su familia era lo primordial” me explica. Llegamos a Vieytes y California, allí se alza un edificio colorido que en otros tiempos solía ser una imprenta, en donde Isaac trabajó de administrativo y en poco tiempo fue ascendido a jefe de administración. Sin embargo en el ’45 en plena vigencia del fascismo, los italianos dueños de la imprenta lo despiden, teniendo que comenzar una vez más, desde cero, a los 50 años de edad: “En esa época no existían las leyes laborales y la vida del trabajador era muy difícil”.

arnaldo9

Le pregunto qué siente cuando piensa en su barrio de la infancia: “Recordar es vivir dos veces” responde, y continúa: “Era lindo Barracas, en los años ’30 se jugaba en la calle, había más potreros que ahora. Ahora Buenos Aires no tiene más lugar”. En esos tiempos los vendedores ambulantes pasaban casa por casa ofreciendo pescado fresco y leche en botellas de vidrio. Por las calles empedradas, los carros tirados por caballos acarreaban la mercadería hacia el puerto. Basta con ver un cuadro del pintor Benito Quinquela Martin, que ahora tiene una calle con su nombre en el barrio, para trasladarse maravillosamente a esos tiempos.

arnaldo3
Una característica que se sigue manteniendo intacta en el barrio son las veredas altas, construidas de esta manera por el constante riesgo de inundación debido a las cercanías del Riachuelo. Durante la caminata Cacho va señalando con su bastón detalles arquitectónicos de los antiguos caserones y otros lugares que vuelven a su memoria, entre ellos su escuela primaria y el Club Sportivo Barracas-Bolivar.

arnaldo5
Después de andar varias cuadras, nos detenemos a descansar en un banco de la Plaza Herrera. Allí jugaban a la pelota y a la bolita en un espacio que llamaban “la rinconada”. En frente de la plaza estaba el Club Social y Deportivo Unión Plaza Herrera, en donde los jóvenes se juntaban a bailar y jugar al billar: “de deportivo no tenía nada” dice riéndose. Ahora queda tan solo su recuerdo.

arnaldo6
Llegamos a la calle Rocha y tras un momento de incertidumbre Cacho finalmente reconoce su antigua casa, luce distinta, fue remodelada con ladrillos a la vista, pero sí, es su querida casa. “Mirá que linda que la pusieron” exclama en una mezcla de entusiasmo y melancolía. Espía a través de la persiana intentando ver el fondo. En la planta alta reconoce el balcón del cuarto que alguna vez compartió con su hermano Simón.
Historias pasadas, memorias obreras, amores que quedan, el barrio de tangueros y las melodías de arrabal son inmortalizados en las palabras de un inconfundible guapo de farol.

 

*Cronista gráfica y nieta de Arnaldo Rieznik.

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.